Vivimos en una sociedad que asume que la desigualdad existe
Irma Arriagada
Socióloga. Oficial de Asuntos Sociales de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (CEPAL).
Las cifras de la Casen mostraron una importante reducción de la pobreza, pero seguimos mal en cuanto a desigualdad, ¿Qué aspectos considera claves para avanzar en esta materia?
Hay que puntualizar que también hubo una leve disminución de la desigualdad, y es notable lograr reducir la pobreza junto con la desigualdad. Pero es igualmente escandaloso que en un país que tiene 6 mil dólares de ingreso medio por habitante, exista pobreza. Eso es incompatible con estándares de equidad. Para seguir avanzando creo que es clave hacer una profunda reflexión sobre el modelo de desarrollo económico. Eso es mucho más amplio que sólo pensar en políticas sociales. Hay que pensar en un modelo que sea inclusivo y genere empleo, lo que no está ocurriendo. Yo pensaría en un desarrollo más a escala humana, y con más empleo de calidad.
¿Quién tendría que hacerse cargo de esos empleos, ya que las corporaciones operan con su propia lógica?
Es muy difícil. El problema de desempleo estructural no es sólo en Chile, sino global. Tal vez debiera haber un cambio a un modelo más orientado a pequeñas empresas de alta calidad; y mejoras en los niveles educativos. Y también creo que hay que cambiar en términos de valores, que es otro tema que no se toca mucho en el mundo económico: valorar la meritocracia, el currículum ciego que no considera género o clase social. Y también valores en torno a la no aceptación de la desigualdad. Vivimos en una sociedad que asume que la desigualdad existe y siempre ha sido así. Cuando uno considera que la desigualdad no es un fenómeno de la naturaleza, sino algo que uno crea socialmente, entonces puede actuar sobre eso. Cuando uno considera escandaloso que una persona gane un ingreso 17 veces menor que uno, eso genera una nueva óptica sobre los problemas sociales.
Siendo Chile uno de los países con más desigualdad en América Latina, ¿Cómo evalúa su posición en el contexto regional?
Comparando con Europa y Estados Unidos estamos mal, como continente. Chile tiene índice Gini (que mide desigualdad) de 0.54, que es altísimo, pero no el más alto en América Latina. Ahora, si uno piensa cómo revertir esto, ahí están las opciones del desarrollo: dónde inviertes recursos, qué orientación darle a la educación, cuánto destinar a ciencia y tecnología, o a innovación social. Si tu enfoque es –como han sido muchas de las políticas económicas- firmar acuerdos comerciales que favorecen a las grandes empresas, estás optando por un estilo de desarrollo que no va a generar empleo, y que te inserta en un mundo competitivo en el cual vas a estar en desventaja. El caso chileno es bien paradigmático en el sentido de que se ha reducido la pobreza desde 1987 hasta ahora de manera drástica, pero manteniendo la desigualdad. Quiere decir que la estructura se movió, sin cambiar internamente. Y ahí hay un tema importante, que es el tema de género, ya que existe una población femenina que está siendo subutilizada. En términos de su participación en el mercado laboral, es mucho más discriminada y mientras más instrucción tiene, menos ingresos genera.
¿Cuál es la importancia de las políticas de género para superar la desigualdad?
Se va a hacer cada vez más evidente que, si quieres una sociedad en desarrollo, tienes que hacerte cargo de los temas del cuidado de la población. Cuando les pides a las mujeres que compitan en igualdad de condiciones con los hombres, tienes que darle condiciones de igualdad. Y las mujeres no sólo tenemos que hacernos cargo de nuestro trabajo, sino también del trabajo doméstico, el cuidado de los niños y los adultos mayores. Entonces, mientras el Estado no tenga mejores servicios y políticas de cuidado; mientras la pareja no comparta el trabajo doméstico dentro del hogar, las mujeres estamos participando en condiciones de trabajo que son muy extremas y exigen el doble o triple para ganar el mismo sueldo. Hay que reflexionar, y la realidad en Europa nos está mostrando el camino que ya se está siguiendo en sectores medios –altos: la reducción de la tasa de fecundidad bajo los niveles de reproducción. Las mujeres se están negando a tener hijos, porque el constituir familia se vuelve un tema problemático si uno quiere hacer una carrera profesional.
¿Cómo puede potenciarse la cohesión social, y cuál es el rol de las mujeres como actores clave?
Las mujeres son como el aceite básico que hace funcionar la sociedad. Realizan un trabajo doméstico que si bien se valora en términos de discurso, no así en términos objetivos. Y si se le suma esta tarea de ingresar en el mercado, hay una situación muy explosiva. Entonces, ese papel que cumplen las mujeres está entrando en crisis. Hay que abrir espacios de cohesión social para las mujeres y los jóvenes, los adultos mayores y los niños preescolares. Buscar mecanismos para incorporarlos socialmente y que no estén solos en sus casas. Es decir, espacios públicos de cuidado y de socialización simultáneamente. Y creo que eso no se está haciendo. Hay que aliviar las jornadas, tenemos ese récord bastante negativo de tener jornadas extremadamente largas. Y lo principal es reducir las brechas estructurales de desigualdad. En la medida que eso no se reduzca, y si la gente ve que el país crece, pero aumentan las desigualdades, eso genera una sensación de frustración y de disconformidad.
El programa Puentes incorporó el concepto de capital social, participación ciudadana e intervención en redes por primera vez en la política pública, pero se ha criticado la falta de eficiencia en su aplicación. ¿Cuál es su evaluación?
Creo que la mirada del programa Puentes es interesante porque no considera que la pobreza sea un problema de ingresos, sino que parte de una visión mucho más amplia de vulnerabilidad. Pero creo que falta evaluarlo e ir modificando algunos factores que no se consideraban en su diseño inicial: la integración de las familias -ya que el contacto fue vertical del Estado hacia la familia-; y el fortalecimiento de los chicos que trabajan como apoyos familiares, muchos recién egresados de ciencias sociales que llegan a familias donde la situación de conflicto a veces escapa totalmente a sus posibilidades de tratar esos problemas, y trabajan con un salario bastante reducido. En general, falta incorporar las necesidades de la población. No pensar tanto desde el escritorio, las políticas deben ser más participativas, menos dirigidas desde arriba.
|