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  Entrevista a María de los Ángeles Fernández

La clase política tiene que reconocer que el paisaje ciudadano cambió

Maria de los Angeles Fernandez

María de los Ángeles Fernández,
Directora de Fundación Chile 21.

En tus columnas das cuenta de un desfase entre el desarrollo económico y el desarrollo cultural en Chile. ¿Qué opinas de la salud de la democracia en nuestro país?
Chile durante todos estos años de transición aparece como un ejemplo de país estable, responsable, que ha hecho bien las cosas. Pero quizás nos estamos dando cuenta de que nos afanamos en relación al desarrollo económico, y las instituciones políticas han quedado retrasadas… las cosas no están sincronizadas. Eso no es casual, tiene que ver con que sectores de la elite política −particularmente la derecha− plantean que la política no es importante. Entonces me pregunto, ¿para qué están en política? Se ha construido un cierto discurso, que la gente ha terminado por tragar, de que la política no es algo que le importe a la gente. Pero es muy importante porque tiene un rol crucial y, traducida en instituciones, permite disminuir la discrepancia natural que hay en toda sociedad, y así lograr un cierto estado de tranquilidad para que el resto de las actividades se conduzcan de buena manera.

¿En qué se traduce este retraso en avances políticos?
El caso más emblemático es el sistema electoral. También se ha convencido a la gente de que el sistema electoral ha sido la clave de la gobernabilidad. Yo no creo que la gobernabilidad de un país se deba a un sistema electoral. Obviamente cumple un rol importante, porque genera incentivos para el funcionamiento de los partidos, pero en verdad la lógica del sistema electoral hace que los diversos partidos terminen en dos grandes coaliciones. En Chile tenemos un bipartidismo y se ha pensado que es la fórmula que garantiza mayores niveles de estabilidad… yo no estoy tan segura. En Venezuela, antes de que llegara el coronel Hugo Chávez, había un bipartidismo y fue un desastre, y se terminó convirtiendo en una “partidarquía”, que controlaba todo y no dejaba espacio para otro tipo de expresión.

En este contexto, ¿qué implicancias políticas tiene el hecho de que se estén abordando cada vez más los temas relacionados a igualdad y justicia social?
La transformación que hemos vivido producto del impacto del mercado en la sociedad es muy profunda. Ha habido un cambio cultural tan grande y en todas las áreas… que se subestimó. En Chile hay un individualismo y un ethos liberal muy entronizado. Entonces, durante todos estos años, no se ha podido hablar de igualdad, porque se ve como contraria a la libertad. Pero los países más avanzados han logrado generar modos de convivencia en los que las instituciones tratan de garantizar el derecho a la libertad tanto como la igualdad. Acá se nos ha convencido de que son cosas distintas. El slogan de la primera vuelta de Lagos fue la igualdad, y cuando empató con Lavín, el diagnóstico fue que la consigna de la igualdad no era buena para los chilenos, porque lo asocian con una idea comunista, socialista.

¿Cómo ves la ciudadanía, según las cosas que han sucedido este año?
La Presidenta lo dice en sus discursos: el país ha cambiado, la gente es distinta, está más informada, tiene más conciencia de derechos, es más demandante, exige más calidad… y ella tuvo que reconocer eso duramente con el movimiento de los pingüinos. Ahora, eso es “espasmódico”: se activa y se desactiva, no es constante. Cualquier tipo de manifestación social es vista como algo demoníaco, sobre todo por la prensa. En Chile tenemos un Estado y una sociedad civil débiles, y creo esa ecuación no es buena. Un Estado débil porque perdió muchas atribuciones producto de las reformas en el régimen militar, y tiene que recuperarlas para garantizar a los individuos, por un lado protección social, y por otro lado, calidad de bienes básicos, como la educación.

Desde tu punto de vista, ¿Qué debiera suceder en términos de la calidad de la democracia? Hay leyes pendientes en ese sentido…
Honestamente no creo que pase mucho con los proyectos más vinculados a reformas políticas, como la iniciativa popular de ley, inscripción automática y voto voluntario, la votación de chilenos en el exterior… porque mientras exista el tema del Transantiago, la clase política está preocupada de eso, y para cierto tipo de reformas se necesitan los votos de la derecha, que tiene un discurso obstruccionista donde dice que esos temas no son los que le importan a la gente. Habría que ver fórmulas para que la ciudadanía exija esto. Acá el tema de las movilizaciones callejeras no funciona mucho… pero a lo mejor la no-violencia activa, la ciber-ciudadanía, mandar cartas a los diarios, hoy se pueden hacer campañas incluso por mensajes telefónicos. Se requiere algún tipo de presión, ir buscando fórmulas novedosas.

¿Y qué rol le cabe entonces a la clase política?
Lo que tiene que hacer la clase política es reconocer que el paisaje ciudadano cambió, que la gente exige, que la gente se cansó de esperar muchas cosas. La clase política tendrá que generar mecanismos para conducir este nuevo talante ciudadano, de lo contrario se producen desbordes. Pero si tienes mecanismos como revocatoria popular, iniciativa popular de ley, plebiscito, referéndum, vas dando espacios importantes para que la ciudadanía se exprese. Lo que hay que generar son cauces, y en eso consiste la política. El conflicto, la diferencia, el desacuerdo, están presentes en toda sociedad. Lo que tienen que hacer los políticos realmente democráticos y con visión de Estado, es ver las grandes tendencias y no esperar que la sociedad se les “caiga” encima.

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