La ciudad, lugar para tolerarnos y no discriminar
Francisco Sabatini
*Licenciado en Sociología y Urbanista. Académico e investigador del Instituto de Estudios Urbanos y Territoriales de la Universidad Católica. Integrante del Consejo Directivo de Genera. Su especialización son en los temas de segregación residencial, planificación urbana, participación ciudadana y conflictos ambientales.
¿De qué manera la planificación de la ciudad influye en los niveles de cohesión social?
La ciudad se supone que es como el reino de la tolerancia. Se construye en la relación con personas distintas a uno, entonces su cualidad básica es la tolerancia a la diferencia, y no sólo eso, sino convertirla en valor, porque la diferencia potencia a las ciudades. La planificación estatal sobre las ciudades en la época moderna tiene dos grandes vertientes: los grandes planes de transformación de la ciudad, y la más importante: la zonificación, al que se llama plan regulador.
¿Por qué el plan regulador es lo más importante como política?
Es la primera forma de gestión ambiental en forma sistemática, en que se establecen distintas áreas: para residencias, industrias, parques, circulación. Y también la forma más sistemática de discriminación, porque establece normas de uso de suelo que supuestamente son para gestión ambiental, pero tienen una implicancia en la discriminación social. Determina, por ejemplo, que el suelo se puede subdividir hasta cierto tamaño, bajo la justificación de regular la densidad, porque se supone que los sistemas urbanos tienen una cierta capacidad de soporte de la población. Pero este criterio tiene una implicancia en exclusión social, porque si para irte a vivir a un lugar tienes que comprarte un terreno de 500 metros cuadrados, es muy caro y se convierte en un mecanismo de exclusión de los que tienen menos capacidad de pago.
¿Cómo se da esta exclusión a través del plano regulador o zonificación?
Con el tiempo, esas zonas se convierten en las mejores equipadas, es decir, con una capacidad de carga bastante alta. La capacidad de carga en el sector oriente, por ejemplo, es más alta en general que toda la periferia de la ciudad. Sin embargo, el tamaño mínimo de lote en la zona oriente es más grande que en la periferia, lo cual es una contradicción. Si la motivación del plano regulador fuera puramente técnico y ambiental, entonces debería permitirse más subdivisiones de terrenos en Las Condes, La Dehesa y Vitacura que en Cerro Navia. Y así es como la planificación urbana traiciona el espíritu integrador de la ciudad en función de miedos e intereses económicos, nuevas identidades sociales…y tiende a matar la esencia de las ciudades, que es la tolerancia, la mezcla y la diversidad. Pero no es sólo por una mala onda…
¿Es la forma material en que se expresan las desigualdades?
Siempre hay grupos sociales tratando de afirmar identidades nuevas, entonces las clases se sirven de la conformación de barrios homogéneos para afirmar esas identidades. Y finalmente, se sirven de normas como las de planificación urbana que utilizan códigos de construcción para evitar la llegada de gente más pobre con la cual ellos puedan ser confundidos. Por ejemplo el que no se pueda construir en madera ni con materiales baratos.
¿Y de qué manera la zonificación puede usarse para integrar, en lugar de excluir?
Hay distintos enfoques de planificación urbana, y ahí surge la diferencia entre lo que se llama “zoning [zonificación] exclusionario” y “zoning inclusionario”. Hace dos siglos era razonable excluir las actividades productivas en una zona residencial, porque hacían vibrar los edificios enteros…hoy, mucha de esa actividad está basada en la computación o ocurre en oficinas. Entonces, ¿porqué separarlas de los lugares donde reside la gente? Es mucho mejor mezclarlas, evitando largos viajes para llegar al trabajo. Ése es el zoning inclusionario: promueve la mezcla de actividades. Hoy, por la inseguridad, la precarización del empleo y la segregación de los grupos vulnerables, los barrios se están transformando en ghettos de droga y crimen. Eso está sucediendo en todas las ciudades de Europa y América Latina. Y las políticas para mezclar a los grupos usan elementos de zoning inclusionario: por ejemplo en Francia, todos los municipios urbanos tienen que tener un 20% de su parque de vivienda para el acceso a familias pobres, y si no lo cumplen se les cursa una multa.
¿Hacia dónde debieran apuntar las políticas urbanas para superar la discrminación o la llamada“cultura del guetto”?
La discriminación, desde el punto de vista ciudadano, tiene que ver con el ámbito de los derechos. Y uno podría constituir el derecho a la ciudad: a tener acceso a lugares y servicios de salud y educación. En una ciudad con mucha segregación se reduce el contacto entre los grupos sociales. Se reduce el acceso de la gente más vulnerable, que es lanzada a vivir con otros pobres, en zonas lejanas, con malos servicios. Entonces el derecho a la ciudad queda muy conculcado. Hay un fenómeno que es la llegada de gente más rica a un barrio antiguo. Es el caso de Peñalolén en Santiago. Al llegar gente más rica, los precios de los terrenos se elevan, y no quedan terrenos para las familias nuevas de gente que nació en Peñalolén. Entonces el mercado los empieza a expulsar, y las tomas de terreno son justamente gente que no quieren que los expulsen de su comuna. Los pobladores, que tradicionalmente lucharon por su derecho a la vivienda, hoy están luchando por el derecho a la vivienda bien localizada, en la comuna donde nacieron. Eso es derecho a la ciudad, y la planificación urbana no lo ha acogido, porque es un derecho nuevo y un ámbito de discriminación cada vez más importante. En este sistema urbano, donde la gente más pobre está más desvinculada de las redes económicas, culturales y políticas, pasa a ser más importante el derecho a la ciudad.
El tema de los inmigrantes, ¿va a ser relevante para la política urbana en términos de integración?
Yo creo que ya está siendo. Y es un ámbito sobre el que hay que actuar. Por cuestiones básicas de reciprocidad, y porque está en la esencia de las ciudades, debemos ser abiertos y tolerantes y ellos deben tener derechos. Nosotros somos un país bastante periférico en el mundo, con poca oportunidad de vivir la diferencia y ser más tolerantes. La presencia de inmigrantes es una oportunidad para vivir la diferencia.
Culturalmente ¿somos un país con personas reacias a mezclarnos?
Por esta condición prácticamente insular que tiene Chile, tenemos problemas con la diversidad. Pretendemos que somos mucho más homogéneos de lo que somos. Si la sociedad está construida sobre la intolerancia, ocurre -como en Irlanda del Norte-, donde el nivel de violencia entre grupos raciales y religiosos, ha demostrado que esa reducción de la distancia no ha traído más tolerancia. Yo creo que sí tenemos culturalmente un grado bastante más grande del que pensamos de tolerancia a la mezcla y el contacto entre grupos sociales. La ciudad, de alguna manera, es un laboratorio para aprender a tolerarnos y ser menos discriminadores. Y el punto de partida para eso es niveles mínimos de tolerancia, de acercamiento y mezcla en el espacio. Y eso es parte de la política pública. Para eso, no hay que dejar que los intereses económicos sigan separando a la gente. |